Mi Primera Experiencia Como Docente: Entre Javi y Mis 45 Diapositivas
Todo esto es culpa de Javi. Sí, él fue el culpable de que yo me lanzara a esta nueva aventura de dar clases. ¿Cómo pasó? Pues todo empezó con una cena en Aranjuez, con mi marido Jose, y Maryan, la mujer de Javi. Pero claro, no fue una cena cualquiera, no. Fue en ese restaurante típico donde Javi siempre va con su niña los fines de semana. «Es que no nos gusta cocinar en casa», decía muy feliz entre plato y plato.
Javi es un crack de la formación IN Company. De esos que te explican algo y te quedas pensando: “Este tío sabe de lo que habla”. Pues en medio de la cena, Javi, con toda su tranquilidad, suelta: «Mireia, ¿por qué no das clases? De finanzas, de costes… de lo que tú quieras». Y claro, yo, casi me atraganto con la croqueta. «¿¿Clases yooooo?? ¿¿Tú te has vuelto loco?? Soy la persona menos indicada para hablar en público, ¡un desastre total!» Y ahí seguí explicándole mi monólogo de autocompasión: «No me gusta cómo lo hago, y cuando me escucho… ¡me quiero pegar un tiro!».
Pero claro, Javi es Javi. Si le conoces, sabes que no se rinde fácilmente. Es más persistente que un niño pidiendo helado. Así que, un mes después de aquella cena en Aranjuez, ahí estaba yo: sentada delante de mi ordenador, a punto de dar dos horas de clase de costes y finanzas para su Postgrado en la Universidad de Valladolid. ¡Yo! La que juraba que nunca daría clases.
El momento previo fue todo un show. Me peiné unas ocho veces, cambié la cámara de sitio unas 14 veces y encendí y apagué el flexo unas 25 veces, buscando el ángulo perfecto para que los pobres alumnos no se marearan con mi cara. ¡Era un caos absoluto!
Finalmente, empecé. No vomitaron al verme en la cámara, así que punto a mi favor. Aunque estoy segura de que pensaron que algo raro me pasaba. Tenía la boca más seca que el desierto del Sáhara, parecía que me había embadurnado la lengua con polvos de talco. Hablaba como si nunca hubiera pronunciado una palabra en mi vida (y sí, desde ese día, siempre tengo un vaso de agua a mi lado).
Mi presentación estaba preparada al detalle: 45 diapositivas bien curradas. Pero ¿yo? Pues nada, me sentí una cateta hasta la diapositiva número 17. Cuando finalmente hicimos un parón, bebí agua como si fuera un camello acumulando reservas para el próximo año.
Por suerte, a partir de la diapositiva 18 todo empezó a fluir mejor. Me relajé y, en un acto de puro instinto de supervivencia, decidí hacer participar a los alumnos. Sí, les tiré la pelota a ellos para no tener que hablar tanto yo. ¡Y oye, funcionó! La verdad es que, aunque al principio casi me da un infarto, terminó siendo divertido.
Ya casi al final, con solo 10 minutos para terminar, sentí que dejaba de temblar. ¡Sí, lo había conseguido! Claro, aún no he sido capaz de ver ninguna de mis clases grabadas… Me muero solo de pensarlo. Pero al menos sobreviví a mi primera clase sin que nadie me mandara a terapia. Así que, lo llamaremos un éxito.
Moraleja: No subestimes el poder de un Javi insistente en tu vida. Y si alguna vez te encuentras dando clases, lleva siempre un vaso de agua, porque nunca sabes cuándo vas a sentir que te has tragado un puñado de talco.
