Como ya os he contado antes, después de acabar mis estudios, empecé a trabajar en la empresa familiar. Nosotros nos dedicábamos a fabricar productos de compresión para farmacias y tiendas de deporte. Así que, una vez me aprendí todo el catálogo de productos de memoria (¡toma ya!), mi padre decidió lanzarme “a tumba abierta”. Y cuando digo tumba, no es broma, ¡me mandó a Sevilla en pleno mes de julio a vender medias de compresión!
¿Se puede ser más cruel? Imaginaos la escena: un martes cualquiera, con unos agradables 43 grados de temperatura, las calles vacías, y yo… sudando a mares y con las medias de compresión bajo el brazo. ¡Sí, un verdadero sueño hecho realidad!
A eso de las 5 de la tarde, que como bien sabéis es la hora perfecta para vender productos de compresión (en otro planeta quizás), me planté en una farmacia de Sevilla. Y claro, cuando entré, el farmacéutico casi se cae de la risa. Me mira y suelta: “Pero niña, ¿qué haces a esta hora por la calle? ¿Te has perdido?”. ¡Qué va, hombre! No me había perdido… Mi padre, con su infinita sabiduría, decidió que la mejor forma de prepararme para el mundo de las ventas era ponerme las pruebas más difíciles del universo. ¿Que hace un calor infernal y las calles están desiertas? ¡Perfecto! ¡Allá vas, Mireia!
Así que, ahí estaba yo, en esa farmacia, dispuesta a vender mis medias de compresión. Después de la risa inicial, el pobre farmacéutico debió de pensar: «Esta chica no se merece esto». Y supongo que, entre la pena y el calor, acabó haciéndome un buen pedido. ¡Mi primer pedido, señoras y señores!
No sé si fue por las medias, por mi perseverancia o por el golpe de calor, pero lo logré. ¡Misión cumplida! Gracias, Sevilla, por enseñarme que hasta en los peores escenarios se puede conseguir un buen trato… aunque sea por pura compasión.
